martes, 18 de marzo de 2014

Crítica de OCHO APELLIDOS VASCOS, de Emilio Martínez-Lázaro

El éxito de Ocho apellidos vascos puede obedecer a distintas razones. La principal: cuando una película cuenta con buena promoción, el público responde. Y otra no tan evidente pero igualmente importante: en la España del 'y tu más', de los debates incendiarios que llenan largas horas de televisión y de la crisis que no se acaba, el hecho de lavar la ropa sucia en casa, con humor, sin herir a nadie y convocando a un público de perfil muy variado tiene mucho mérito (y a juzgar por las cifras de taquilla, también su recompensa). Oportuna por contexto, y ligeramente mejor escrita que la media del producto cómico nacional, Ocho apellidos vascos vuelve a poner a Martínez-Lázaro como uno de los reyes de la comedia local. Contar con actores de tirón mediático, un intérprete debutante que pasa el examen con muy buena nota (Dani Rovira puede y debe soñar con la nominación al Goya) y un dúo de guionistas sin pelos en la lengua (¿Borja Cobeaga, vasco de puro cepa, haciendo humor sobre ETA? Ahora es posible) ha ayudado de forma decisiva a dar carpetazo a la comedia madrileña de antaño e inaugurar una nueva comedia española que aspira a ser internacional sin renunciar a ciertos localismos: Ocho apellidos vascos tal vez no compite con los clásicos del género, pero sí es plenamente coherente con bombazos vecinos como Bienvenidos al norte y sucedáneos. Todo buenas noticias. O casi todo.


Ocho apellidos vascos, pese a su exitosa fórmula, sigue estando muy lejos de ser la comedia definitiva que siente las bases de una nueva forma de hacer y de entender la nueva comedia española (me pregunto qué habría pasado si Cobeaga hubiese sido el director de la propuesta y no solo uno de sus guionistas). Con respecto a Sánchez Arévalo o Ruiz Caldera, por citar dos autores que han estrenado recientemente con éxito comedias de caligrafías distintas a las habituales (respectivamente, La gran familia española y Tres bodas de más), la mirada de Martínez-Lázaro sigue siendo muy tradicional (más allá de cierta incorrección verbal, no hay una estructura narrativa que permita hablar de una sátira trepidante). Es más: algunos planos dejan al descubierto las carencias de medios y la síntesis vodevilesca del conjunto, no se sabe si por voluntad del director o por necesidades económicas (apuesto por una combinación de ambas). Sea como sea, Ocho apellidos vascos alarga demasiado su idea de partida (tensión entre comunidades, diferencias culturales, personajes de caracteres distintos, confusiones que llevan a la culminación de otros tantos embrollos y engaños, etc.), aunque sirva para rebajar la tensión imperante y limar ciertas asperezas. Ocho apellidos vascos, como demuestra su final, aboga por la comunicación y la comprensión, el público parece que ha entendido el mensaje y la jugada comercial admite pocas dudas. Lástima que el juego de tópicos no sirva ni para una 'reeducación' ni para una 'subversión' de los mismos: el film no defiende el cliché, pero se beneficia de él y, en consecuencia, aunque sea indirectamente, lo promueve.


Para cantar aquello de 'andaluces y vascos, primos hermanos'.
Lo mejor: Tiene momentos muy divertidos, sea cual sea el sentido del humor, la tendencia política o el compromiso social de la platea.
Lo peor: Todo el film funciona como una ampliación del tono y la forma de sus primeros minutos.

Nota: 5'5

2 comentarios:

Javier Fernández López dijo...

La tengo pendiente pero no me espero mucho.

Muesliconplatano dijo...

La pregunta es ¿te ríes con los monólogos de Carlos Rovira? Si la respuesta es si esta película te gustara. Es un monólogo teatralizado lleno de tópicos, algunos políticamente incorrectos que te sacan una sonrisa