martes, 4 de febrero de 2014

Crítica de NYMPHOMANIAC: VOLUMEN 1 & 2, de Lars von Trier

PRELIMINARES

A estas alturas basta con decir que vamos a hablar de un film de Lars von Trier para que muchos obvien por defecto este post. Otros tendrán la osadía de entrar en el cine, pero ante frases de guion como 'descubrí mi coño a los dos años' o 'lubriqué cuando murió mi padre' seguramente desconectarán sin llegar a sopesar si han sido víctimas de una gran broma o testigos de la historia más grave jamás contada. Von Trier no ha sabido gestionar su personaje público, y al mismo tiempo la prensa, ávida de polémicas, ha desvirtuado la imagen del creador, y con ella la recepción por parte del público de sus creaciones. Llegados a este punto, antes de escribir sobre Nymphomaniac vale la pena dejar un par de cosas claras, tanto para el que lee (si, como esperamos, no habéis desertado en la primera línea) como para Von Trier (del que, cuestiones paralelas y extracinematográficas aparte, está considerado uno de los autores más importantes del cine europeo contemporáneo).


El primer punto es evidente para la órbita cinéfila, pero quizás no tanto para gran parte del público de Nymphomaniac. Para su distribución en España y en la mayoría de países, la película original, cuyo montaje final ronda según la productora Zentropa las cinco horas y media de metraje, ha sido dividida en dos cintas, y en ese proceso de adaptación o comercialización Von Trier no ha participado, aunque obviamente ha dado su visto bueno a los montajes alternativos que finalmente han llegado a los cines (consciente, quizás, de que su proyecto es comercialmente inviable por una cuestión de longitud y de explicitud sexual). Con respecto a la tan cacareada carga erótica del film, cada país, según sus sistemas de calificación por edades y criterios varios, ha eliminado o incluido determinadas escenas, por lo que es imposible averiguar hasta qué punto las cintas que hemos visto en España coinciden o difieren en mayor o menor grado de las versiones proyectadas en, por ejemplo, Francia, Italia o Alemania. Por todo ello, lo que digamos a continuación, aunque tiene su importancia (al fin y al cabo hemos visionado dos tercios del material considerado por el cineasta danés), no deja de ser pueril o cuanto menos relativo: los juicios que ahora podamos emitir necesitarán una reformulación futura cuando se desvele la película que Von Trier concibió desde un inicio. Por qué el director no rediseñó su proyecto en serie televisiva como hiciese con Riget, o por qué no se ha optado por una distribución acorde con los nuevos tiempos (venta directa en dvd y plataformas digitales) son cuestiones que no vale la pena discutir y que intuímos ni tan siquiera han recaido sobre el propio Von Trier. Ver Nymphomaniac desde la duda, por lo tanto, es un ejercicio del todo inmaduro: no hay que entender el relativo desentendimiento del autor con respecto a los dos volúmenes de Nymphomaniac como una provocación más, implícita o explícita, de la propia película, sino como un accidente.


El segundo punto resultará familiar para los que hayan visto gran parte de la filmografía de Lars von Trier. El director de Bailar en la oscuridad o Rompiendo las olas es seguramente el autor que más explora su 'yo interior' en sus películas, no tanto como un acto de egolatría sino de autocomprensión, de exorcismo personal. Von Trier canaliza su dolor mediante el cine, y como resultado sus ficciones ponen a prueba tanto los resortes del propio director como los límites de sus intérpretes y la mirada de la platea (que, de nuevo, está en todo su derecho de congratular o despreciar tanto estética como éticamente aquello que está viendo). Nymphomaniac, en este sentido, sigue las constantes habituales de su responsable, ya que cada aportación de guion, cada personaje o cada episodio parece esconder pedazos de la oscuridad vital de su instigador: con Anticristo hicimos una reseña poliédrica, entendiendo que en cada personaje había parte de la personalidad de quien filma, y con Nymphomaniac el ejercicio podría repetirse, ya que tanto en Joe (la ninfómana que relata su trágica existencia) como en Seligman (el intelectual que escucha atentamente la narración de la mujer) parece esconderse la única mente que escucha (él) y que habla (ella), que piensa (él) y que actúa (ella) (o sea: la persona detrás de ese personaje llamado Von Trier). 


Es lícito pensar que un cine cuya base descansa en la sugestión y en lo personal puede interpretarse desde múltiples vías, y que por lo tanto lo dicho en el anterior párrafo no es tanto una verdad como la exposición de una forma más de acercarse al mosaico que traza Von Trier, pero el debate evidencia un hecho interesante: aunque parezca una paradoja, ante las películas de Von Trier hay que tener muy presente al autor (y con él, su biografía y toda su obra anterior) y al mismo tiempo acoger una mirada limpia, como si desconociéramos todo lo que hemos visto, oído o leído anteriormente sobre Von Trier (solo de esta manera se consigue entrar en las estancias emocionales que conforman sus películas). Es necesario, por lo tanto, tener una visión de conjunto (en el caso de Nymphomaniac, saber que estamos ante la tercera entrega de la llamada 'Trilogía de la Depresión', con Anticristo y Melancolía como peldaños previos, con Charlotte Gainsbourg como actriz principal y con determinados vínculos estéticos: en las tres películas se repite la imagen de su protagonista tendida en la hierba en un plano fijo aéreo, una estampa que remite al Romanticismo poético y pictórico, por citar uno de los elementos más tangibles para el espectador), y a la vez pensar que ante Nymphomaniac se asiste a algo nuevo (de ahí que los que hablen repetidamente de Von Trier como un cine que tortura sin motivo aparente a sus personajes femeninos incurran en una calumnia, una frivolidad y una simplificación de films en cuyas profundidades hay muchísimo más).

Hablar de Von Trier, en definitiva, implica posicionarse: el cineasta ha hecho de la provocación un signo de identidad tan inherente a sus películas que el análisis de éstas implica, queramos o no, firmar una alabanza o un reproche. Nymphomaniac es en sí una contradicción: con ella uno se ríe mucho, pensarla implica llorar, y en el camino que media entre ambos extremos se contemplan todas las posibilidades, desde el rechazo sentido a la subyugación absoluta. Si Nymphomaniac, tomando el símil sexual, es un gatillazo o un éxtasis tanto carnal como intelectual es algo que tendrá que decidir cada espectador. Lo que sigue es, ya sí, una visión plenamente personal de Nymphomaniac


NYMPHOMANIAC: VOLUMEN 1

El inicio de Nymphomaniac es anticlimático: la pantalla se abre con un espacio vacío, lo que parece una callejuela de las afueras de alguna ciudad de aspecto industrial, con los diferentes elementos urbanos absorbiendo y expulsando agua y nieve, como si la fría arquitectura obedeciese a las leyes de un cuerpo que interactúa con sus fluidos. Una estampa que parece inaugurar un drama helado, pero que Von Trier rompe con un fondo musical de Rammstein: de buenas a primeras, cuesta adivinar qué vamos a ver. Más tarde el plano se concreta y observamos a Joe (Gainsbourg) tumbada en el suelo, con marcas rojas en la cara y un rostro desencajado. Seligman (Skarsgaard) emerge de la nada con una bolsa de la compra y traslada a Joe a un dormitorio de su casa, como si Joe en realidad fuese un personaje dickensiano al que ofrecerle amparo y comida. Seligman, en verdad, le ofrece mucho más: la posibilidad de que la mujer cuente su historia, y por ello de explicar por qué terminó apaleada en mitad de la nada y de argumentar por qué, bajo su punto de vista, es una mala persona. Desde ese momento y hasta el final de la película, la estructura de Nymphomaniac es la de un narrador protagonista y de un personaje silente que escucha y que luego valora cada episodio de la historia, uno de los principios literarios más repetidos. Y precisamente entre episodio y episodio, Von Trier inserta consideraciones filosóficas, de nuevo anticlimáticas, que aúnan en pocos segundos la comedia de un capítulo de adolescencia en un viaje en tren hasta las dobles lecturas que esconden cuestiones de tono y tema tan variopinto como los diferentes tipos de nudos, la pesca con caña o los motivos religiosos en la pintura occidental. Von Trier, en definitiva, logra un ejercicio interesantísimo, una superposición de voces que construyen y desconstruyen la historia. Momentos tan surrealistas como la visita del personaje que interpreta Uma Thurman, cercanos al vodevil extremo, y otros como la copulación en primer plano y la pantalla partida en tres partes mientras suena una melodía de órgano se unen y se repelen para contarnos el inicio de una enfermedad canalizada y expresada mediante la gimnasia del sexo (o la numerología que imprime Jerôme a una Joe todavía virgen), no mediante la mística del orgasmo (el sexo nunca es una fuente de erotismo sino una expresión terrible de un mal interior). Una película de naturaleza vacilante que incluye un trauma infantil, un problema familiar y una deriva que continúa por caprichos de la industria con un 'continuará' más propio de una serie televisiva. Nymphomaniac: Volumen 1 termina justo en el momento en que la historia se torna más compleja e interesante: de ahí que cueste volver a casa como se entró dos horas antes en la sala oscura.


NYMPHOMANIAC: VOLUMEN 2

Si por parte del espectador existe un mínimo acomodamiento, la segunda parte vuelve a dejarnos con la boca abierta. El relato arranca en un triple tiempo: una Joe incapaz de sentir placer a punto de casarse con Jerôme, una Joe pequeña que recuerda las visiones que tuvo un día en el campo, y la Joe narradora de siempre, cuyas anécdotas Seligman completa con consideraciones que van del juicio personal al desciframiento académico (saber que Joe tuvo un episodio casi extrasensorial, culminación de su primer orgasmo, con una figura religiosa relacionada con la ninfomanía se convierte en el perfecto prólogo de lo que está por venir). La película se recrudece y se extrema (inclinaciones sadomasoquistas, desatención del hijo engendrado en cuya concepción se observan rasgos de un rito satánico, las palabras del marido arribista comparando a su insaciable mujer con una tigresa ávida de carne), y el heavy metal sube de volumen en una escena en la que Joe, tras aceptar que ni puede curarse ni quiere ser curada de sus (des)afecciones, encauza sus conocimientos sexuales en una oscura ocupación laboral que le lleva a destapar el secreto de un pedófilo. La reaparición de un Jerôme adulto, más parecido a Joe de lo esperado, y la irrupción de una joven muy activa, no solo sexualmente (la pupila de Joe que vilipendiará a la ninfómana herida de su orgullo, con llagas en su sexo y ninguna perspectiva de futuro), sirven de excusa para cerrar la historia. Nymphomaniac: Volumen 2 versa sobre la culpa y lleva hasta las últimas consecuencias la filosofía de vida de su personaje, incapaz de concebir el amor como un pilar fundamental de las relaciones humanas (la figura del árbol como alma que nos representa enlaza con la figura del padre y con la desolación emocional de la protagonista: su árbol hermano, irónicamente, descansa en lo alto de una colina azotada por el viento, un acantilado rocoso, de nuevo otro espacio del imaginario romántico clásico, que se yergue torcido cual pene en erección). Pero más allá de la historia de Joe, Von Trier utiliza la recta final de su crónica ninfómana para incluir una autocita (sí: por fin el autor aclara por qué sus protagonistas son hembras heridas) y como gran reflexión sobre la naturaleza egoísta y desconfiada del ser humano (Von Trier imparte, para quien sepa y quiera escuchar, una clase magistral de Teología, Sexología y Lingüística entre otras disciplinas). El final liga con el principio (el primer plano eran imágenes sin sonido, ahora se trata de sonido sin imágenes) y puede interpretarse como una boutard o como el núcleo semántico de la película (el viaje de Joe empieza de nuevo, abruptamente, en un bucle sin fin de perversiones sexuales). No podemos desvelar nada, pero sí puede decirse que el juego referencial se intensifica (de hecho, el desenlace es casi una reactualización del último acto de Dogville) y que Von Trier, una vez más, nos demuestra, aunque duela, que tanto en la vida como en su cine nada ni nadie es lo que parece. En esta ocasión cuesta salir del cine, pero por pura paliza emocional. Nymphomaniac deja secuelas.


Para espectadores que quieran películas extremas.
Lo mejor: En lo personal, es un binomio tan fresco como alambicado... puro Von Trier, en cualquier caso. Su condición de juguete en primera persona: hay temas, escenas y tonos de todas, absolutamente todas las películas anteriores del danés.
Lo peor: Las chanzas y prejuicios que pueda suscitar su contenido sexual. No haber podido ver en pantalla grande el film original, o las dos partes seguidas. No conocer a los personajes secundarios por separado: en el fondo, la cinta contiene muchos microfilms por explotar.

Nota: 9

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1 comentario:

Joan R. López dijo...

Me llama muchísimo la atención, así que habrá que esperar a la copia digital (por estos lares no llega a la cartelera :( )

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