viernes, 17 de diciembre de 2010

Crítica de TRES METROS SOBRE EL CIELO

Al cine español le faltan títulos como Tres metros sobre el cielo. Películas populares, juveniles, que atraigan a una audiencia de menos de veinte años, la misma que las cadenas televisivas ya tiene fidelizada con series como Física o Química o El internado (que, mea culpa, suelo confundir con El orfanato). Lo queramos o no, es de estas ficciones de donde saldrá la nueva generación de actores españoles, como en su día Al salir de clase sirvió de carta de presentación para toda una cantera de intérpretes ya consagrados. Tres metros sobre el cielo es, en este sentido, un producto comercial de lo más honesto: da lo que promete, alimenta con gusto a su público potencial e incluso el no iniciado en esto de 'chico rebelde conoce chica modosita' saldrá bastante alegre. Nuestro cine necesita películas este tipo, capaces de recaudar más de 4 millones de euros en un puente de cinco días y ganarse un boca a oreja que ha surgido efecto casi de inmediato. Porque nadie contaba con esta película. Y al final salvará los muebles de nuestra cinematografía: es la película local más taquillera del año. No digo que Tres metros sobre el cielo sea el modelo a seguir, pero sí un modelo lícito, posible y necesario que el cine español debería empezar a rodar y sobre todo promocionar con más asiduidad. Cine que no sea serio y que tampoco caiga en lo chabacano: no hay que repetir cosas como Mentiras y gordas. Un tipo de películas que reconcilien a ese público que generaliza todo bajo esa injuria que es la palabra 'españolada'. No defenderé Tres metros sobre el cielo, de hecho le sobran unos buenos veinte minutos de metraje, pero me entretuve, y me consta que unas niñitas de cuatro filas más arriba suspiraban por cada pliegue de los abdominales de Mario Casas (yo temía que el actor se resfriase con tanto desnudo). Todo sabe a inesperada maniobra para llenar salas y su director sabe reciclar con atino el espíritu de Rebelde sin causa o las princesas Disney: la película conecta con una fantasía utópica y típica que idealiza el primer amor e incluso el primer acto sexual. Unir dos mundos muy diferentes que son clichés que siempre funcionan. Incluso en las escenas más cursis, o en esa batalla de flexiones (sí, eso hay que verlo), la cinta deja ese aroma a sudor de diseño, cuento de siempre con ingredientes del ahora. Puede que las aptitudes del guión estén bajo tierra (la profesora que interpreta Clara Segura es patética), pero la película, como entretenimiento intrascendente, vuela tres y hasta treinta metros sobre el cielo del éxito. ¿Quién puede negarse a un placer culpable de semejantes dimensiones? Todo aunque no entienda por qué aparece el logo de Coca-Cola cada cinco minutos, por qué han reservado el personaje más imbécil a la gran Nerea Camacho, por qué Forever Young de  Alphaville se repite hasta el ajo como cancioncilla romanticona, por qué el ex 'Hombre de Paco' pronuncia toda 'ese' como una 'jota' ,y por qué Valverde, Lolita ibérica del nuevo siglo, grita tanto y de forma tan tan estridente. ¡Ah!, y habrá segunda parte. Hay que aprovechar la gallina de los huevos de oro. Hay que verla con amigas (así, en femenino) y con un saco gigante de palomitas. Dejen aparcada la cinefilia porque el buenorro de Casas arranca su moto... Nota: 6

1 comentario:

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Bueno, compa Xavier, está claro que pelis de esta corte no son dechados de calidad -y a mí, personalmente, no es el tipo de producto que me atrae, prefiero ver cintas de otro tipo-, pero estoy de acuerdo contigo en que no se puede pretender un buen cine español comercialmente saludable si no es sobre el éxito de pelis como ésta. No se trata de si son buenas o malas; se trata de que son necesarias. En ese sentido, pues, bienvenidas sean, por supuesto que sí...

Un abrazo y buen fin de semana.