martes, 27 de abril de 2010

LA MUJER RUBIA 6 / 10

El cine de Lucrecia Martel nunca ha sido fácil. La mujer rubia, su tercera obra, es el relato más desnudo de su creadora, y también el más elaborado, con los planos más complejos y una poesía todavía más fúnebre, críptica y enigmática. Martel cuenta por elisión, acoge un tono místico que apabulla y no tiene miedo de adormecer a cierta audiencia. En La mujer rubia no sucede nada y, a la vez, nos invaden multitud de intuiciones y sentimientos. La anécdota es aquí el pilar del relato: una mujer extraña, tan bella y turbadora como las damas de Hitchcock, atropella a una silueta extraña, un perro o una persona, un misterio que nunca responderemos ya que la lluvia, caprichoso símbolo del destino, limpia cual cómplice los restos del crimen. Hay tensión y muerte, pero no asesino (acuérdense de Caché). La culpabilidad es imborrable y Vero, una burguesa decadente, se paseará durante una hora y cuarto cual alma en pena, cual vaquero sin indios ni pistolas. Martel no juicia a su personaje, pero retrata de forma agobiante e irónica la hipocresía de una sociedad que vive de espaldas a los problemas, que no ayuda, que se encierra en su castillo de opulencia y que se pudre lentamente. El final, cuando la película ya se ha confirmado como thriller místico y silente, no es feliz: la protagonista recupera el aliento, deshace su tinte postizo y se difumina en una fiesta cualquiera. Siempre rodeada de gente y, paradójicamente, siempre sola. Y Martel, que eleva a metáfora cualquier detalle, nos deja preguntádonos el por qué de tanta desazón: la crisis de los cincuenta, la soledad, problemas familiares, problemas matrimoniales, falta de afecto o depresión como síntomas más plausibles. En todo caso, enfermedades que, como la película, pesan como una losa, estrujan el cerebro del espectador y ponen a prueba la paciencia de la platea al alargar el cuento, al estirar la retórica. Se añora más consistencia, pero, como ya sucedía en La ciénaga y La niña santa, el tempo que imprime su autora es personal, imborrable, atemporal. Una película que anestesia.



La mujer rubia, que en su día, por un capricho de los productores, fue La mujer sin cabeza (el matiz es importante), es una película fantasmal. La protagonista no hace ni dice demasiada cosa, con lo que la oscuridad de los planos y el ingenio de la directora se las apañan para transmitir más y mejor. En cierta forma, La mujer rubia es una película ingenua: consigue que la apatía de sus seres impregne a la audiencia, pero se olvida que este sentimiento, por sí solo, ni es placentero ni invita al debate. Lo simple y lo grave no casan a la perfección como sí ocurría en La ciénaga. Puede entenderse que Martel se haya confiado tras dos obras excelentes, o también puede entenderse la cinta como la puerta hacia un cine más críptico, mudo y a contracorriente: el tiempo determinará el lugar de una mujer que recibió todo tipo de críticas en el Festival de Cannes de hace unos años. Martel, con sus gafas tamaño familiar y a todo color, sigue siendo una realizadora con un discurso denso, pero sumamente interesante. Lo peor, quizás, de su filmografía, y aún así abierta a múltiples lecturas. Esperamos el relato número cuatro...

2 comentarios:

ElChapa dijo...

Qué bueno verte escribiendo sobre Lucrecia. A mí me gusta mucho lo que hace, pero como una experiencia en el cine, dentro de él y como algo que no sé si funciona fuera de la pantalla grande, aunque se pueda interpretar. En fin, un comentario.

Saludos Sospechosos

Pabela dijo...

Qué pena no poder comentar demasiado de esta cinta porque justamente no la he visto!. A mí el cine de Martel me encanta porque deja mucho al espectador, es pura atmósfera que a veces sin contar demasiado en apariencia produce las mismas reacciones que la narración más limpia. No obstante no dudo que se cual la pintas porque algo había leído que no era la mejor de las pelis de Lucrecia.