martes, 30 de agosto de 2011

Cómeme el pene: Crítica de EL CANÍBAL DE ROTHENBURG

Galardonada en el Festival de Sitges 2006, El caníbal de Rothenburg es un interesante viaje a los lugares más oscuros del alma, la perversión y el deseo humano. ¿Qué ocultas motivaciones puede tener un individuo para querer comerse a otro? Antes que una película de terror, es una película sobre el amor, aunque los lazos sean peculiares y la historia discurra de la forma más anormal: dos hombres se encuentran, a su manera sienten necesidad uno del otro, ambos quieren dar fin a sus frustraciones, y acaban protagonizando el ritual carnívoro de quien ansía comer y ser comido. En paralelo al recuerdo de tan atroz suceso, una estudiante de psicología visita los lugares que pisó el caníbal, recuerda e investiga el caso mientras se atreve a cruzar límites insospechados. Es precisamente el personaje de la joven detective el que representa el papel del espectador, el voyeur morboso que espera la culminación gore del cuento. Pero ese momento nunca llega: El caníbal de Rothenburg es escabrosa más por lo que esconde que por lo que enseña; para crear tensión no precisa enseñar los detalles del asesinato, una estrategia que dignifica la película. En el cine de terror es más importante insinuar que destapar de forma explícita. Estamos acostumbrados a que la sangre corra con demasiada facilidad: los malos sin resquicios no existen, y en todo killer hay una tara, unas carencias, una falta de empatía, un expediente clínico que siempre se obvia en favor de espectáculos más lúdicos de gore barato. No es que El caníbal de Rothenburg sea una película mojigata, tampoco justifica el comportamiento de sus protagonistas, pero es un inteligente encuentro con lo malvado, una visita a lo inaudito. Contada a dos tiempos, el film opta por una estética televisiva, y el pasado del monstruo se proyecta ante la joven estudiante como un vídeo casero, descolorido y mal enfocado, a modo de evocación del inicio del mal. Seguramente recibirá el menosprecio de los que no estén habituados a los códigos del género, pero si se sabe apreciar El caníbal de Rothenburg esconde en sus mazmorras una historia de antropofagia y defectos emocionales, posesión maternal y traumas infantiles, la historia de amour fou homosexual más desquiciante del cine de horror reciente. En la escena más impactante, Simón pide a su captor que le arrance el pene con los dientes, pero éste no logra diseccionar de cuajo el falo y remata la faena con un cuchillo de cocina. Ese es el corazón putrefacto de la película: la historia de la víctima imperfecta, del matador imperfecto, unidos en la soledad de un sótano oscuro por el acto más íntimo, romántico y abominable posible. Para tardes malsanas y estómagos en ayunas.


Nota: 6

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